Las corazas que usamos para pertenecer

Sep 18, 2024

Durante una etapa de mi vida, la corbata era casi un ritual.

Un día a la semana —a veces más— me levantaba con ganas de elegir una. Tenía varias que combinaban perfectamente con mis camisas. Me gustaba verme así. Me sentía elegante, distinta, visible.

Y sí, llamaba la atención.
Hace 25 años, eso importaba. Mucho.

El contexto que nadie explica
En ese momento de mi carrera, el entorno era altamente competitivo.
Éramos pocas mujeres.
Y el mensaje, aunque nunca explícito, era claro: si querías que te tomaran en serio, tenías que adaptarte.

No bastaba con ser buena.
Había que parecer fuerte.
Había que hablar el mismo idioma, moverse igual, vestirse parecido.

Así empezamos a construir corazas.

Algunas visibles —como la ropa—
y otras más profundas: la forma de hablar, de liderar, de no mostrar duda, de no incomodar.

No era un disfraz consciente.
Era supervivencia.

La coraza funciona… hasta que pesa
Las corazas sirven.
Te permiten entrar. Permanecer. Crecer.

Pero tienen un costo.

Te endurecen.
Te alejan de partes tuyas.
Te hacen confundir adaptación con identidad.

Y lo más peligroso:
te acostumbras tanto a llevarla puesta que un día ya no sabes si podrías quitártela.

Durante mucho tiempo pensé que ese era “el precio del juego”.
Hoy sé que era el precio de no tener alternativas.

¿Ha cambiado algo? Sí… pero no tanto
Sería injusto decir que nada ha cambiado.
Hay más conciencia, más conversación, más diversidad en algunas mesas.

También he tenido la suerte de trabajar con personas y equipos donde no he tenido que demostrar nada a golpes. Donde la escucha es real y el respeto no depende de cómo te vistas o cuánto ocupes el espacio.

Pero también sería ingenuo decir que esto ya no pasa.

Hay sectores, culturas y organizaciones donde seguir encajando cuesta, y donde pertenecer implica renunciar a algo propio.

Y no hablo solo de mujeres.
Esto le pasa a cualquier persona que es minoría en un sistema: por género, edad, origen, personalidad, forma de pensar.

Cuando ya no necesitas la armadura
Hace muchos años que no uso traje y corbata.

Me siguen gustando.
Probablemente hoy las usaría con más disfrute que antes.

La diferencia es que ya no las necesito para valer.

Hoy elijo desde otro lugar.
Con más conciencia.
Con más intención.

Y eso cambia todo.

El verdadero objetivo
Ojalá llegue el día en que nadie tenga que vestirse, hablar o comportarse de una forma que no es para poder crecer.

Ojalá el traje, la corbata, el tacón, el silencio o la dureza
sean solo opciones, no requisitos.

Porque el verdadero liderazgo —el que transforma—
no se construye desde la coraza,
sino desde la coherencia.

Una pregunta para ti
¿Has tenido que desarrollar corazas para pertenecer?
¿Hay alguna que sigues usando aunque ya no te represente?

Quitarlas no es inmediato.
A veces ni siquiera es posible hacerlo sola.

Pero empezar a verlas… ya es un primer paso enorme.